viernes, marzo 11, 2022

40 años con una gran mujer

El viernes 12 de marzo de 1982, hoy hace  exactamente 40 años, fue uno de los días más especiales e importantes de mi vida, aunque en ese momento parecía un día más. Habíamos sido convocados alrededor de 20 personas al Banco del Comercio, para informarnos que estábamos admitidos al Curso de Análisis de Crédito y Técnicas Bancarias, un exigente curso de postgrado organizado por el Chase Manhattan Bank para formar ejecutivos bancarios. 

A la salida, nos reunimos en la calle 13 con octava de Bogotá un grupo de los nuevos estudiantes, a comentar la buena noticia y a felicitarnos por haber terminado el proceso, donde habían sido descabezados alrededor de 400 aspirantes. Todos estábamos felices, menos una niña que nos dijo con toda seguridad que iba a pensar si ingresaba al curso. Ella tenía otras dos ofertas de trabajo y se iba a tomar el fin de semana para saber que iba a hacer. Me pareció un poco antipática su actitud. Me dije a mi mismo que ojalá decidiera tomar una de sus otras opciones.

Aquella niña de las tres ofertas de trabajo, la antipática que no sabía si iba a entrar a ese curso tan atractivo, es la mujer que me ha acompañado durante 40 años, 38 de ellos en un feliz matrimonio. Liliana Albornoz lo pensó durante ese fin de semana y entró al curso del Banco del Comercio el lunes 15 de marzo de 1982. Inteligente, segura de si misma, simpática, se convirtió en la numero 1 del curso muy fácilmente. Yo, que siempre he sido un buen matemático y buen estudiante, estaba de segundo y trataba de recortarle terreno, pero era muy difícil seguirle los pasos. 


Liliana no tenía inconveniente en hacer siesta a la hora del almuerzo: se tiraba al piso, ponía 2 ó 3 libros como almohada y dormía su buena media hora. Esa capacidad de dormir en cualquier circunstancia la sigue teniendo 40 años después. Abierta y amigable, era capaz de convocar a una fiesta en su casa a todo el curso, llevar 6 ó 7 personas en su carro hacia el norte de Bogotá, llevarse a todo el curso y varios profesores a un paseo gigantesco a su finca en los llanos. Todo un terremoto. Yo la veía de lejos, no me interesaba mucho, pues estaba de novio, en una relación que ya llevaba 4 años. Pero Liliana no pasaba inadvertida.

1982 fue un año de muchos acontecimientos que he contado en este blog. En mayo de 1982 ganó Belisario las elecciones, en junio se jugó la Copa Mundo en España, mientras se peleaba la Guerra de las Malvinas en Argentina. En agosto asistí a la posesión de Belisario, que también he comentado en este blog. El curso era muy exigente, lo que motivó que nos concentráramos cada vez en el grupo de los 20 estudiantes, dejando de lado novias y amigas. Mi relación de muchos años se dañó en esos meses. Es muy cierto el dicho de que la novia del estudiante no es la esposa del profesional.

En algún momento de agosto y septiembre comencé a mirar con otros ojos a Liliana. Teníamos un grupo de 5 ó 6 amigos que almorzábamos todos los días y que frecuentemente estudiábamos juntos. Un día, no se porqué, le regalé el último disco de Roberto Carlos "Cama y Mesa". Conversábamos mucho después de almuerzo, a tal punto que Liliana sacrificaba 10 minutos de su siesta para estar conmigo. La invité a cine, al Teatro Almirante en la 85 abajo de la 15. Allí, a finales de septiembre de 1982, le cogí la mano y al final de la película nos dimos un beso. Han pasado casi 40 años desde aquella noche y todavía lo recuerdo con emoción.


Nos enamoramos locamente. El resto del curso estuvimos muy juntos y cada vez nos necesitábamos más. Ibamos a mi apartamento en la 76 con 15, a su casa en la 94 con 7A, no podíamos separarnos. Viajé con ella a Ibagué por algún examen del curso, nos quedamos en la casa de mis papás, pero no les conté nada. Mi mamá siempre sospechó que aquella niña era algo más que mi compañera de curso. En marzo de 1983 fuimos juntos al matrimonio de mi cuñada Olga Albornoz con Luis Eduardo Sanmiguel, ya en plan de novios formales. En abril ya la presenté oficialmente a mis papás. En junio fuimos juntos a Prado, a la finca de mi hermana Claudia y mi cuñado Jacky. En agosto decidimos casarnos. Un año loco de noviazgo, que siempre recordaré como una de las etapas más lindas de mi vida. El 24 de septiembre de 1983, nos casamos a las 4 de la tarde en la Iglesia de Santa María de Los Angeles en Bogotá.


Resumir estos 40 años es muy difícil. Tuvimos dos hijos muy rápido, Germán Felipe en marzo de 1984 y Daniel Humberto en julio de 1985. En pleno embarazo de Danny murió mi papá, en una tragedia que todavía me conmueve de dolor. Liliana estuvo a mi lado en todo momento en esos meses tan duros. Sobrevivimos a ese duro 1985, lleno de contrastes, con niños naciendo en la familia y mucha gente muriendo en Colombia, todo lo cual he contado en ese blog. Tuvimos años muy prósperos, que culminaron en 1997 con la llegada de mi hermosa Valeria. Una crisis económica muy fuerte, un exilio mío de 3 años en los Estados Unidos, fueron durísimas pruebas a las que sobrevivió nuestro matrimonio. Años más estables en este siglo, pero nunca en los niveles de prosperidad de nuestros primeros años. 

Nos hemos hecho más viejos y más sabios. Nos conocemos muchísimo. Somos buenos amigos. Tenemos 3 hijos maravillosos, 4 nietos y una familia grande y hermosa. Hacemos muchas cosas juntos, pero también tenemos espacios separados, lo que es clave para una pareja. Liliana ha encontrado su camino en Emaús, dónde esparce su amor incondicional y su energía asombrosa. Cada día la admiro más, cada vez la quiero más. Llegamos a los 38 años de matrimonio y seguimos contando. Dios me permita tener muchos años más al lado de la gran mujer con que me premió en la vida.


Estos dos últimos años han sido muy especiales. Una larga pandemia, donde estuvimos mucho tiempo juntos, nos unió mucho. Se graduó Valeria y culminamos entonces la etapa universitaria de nuestros hijos. Valeria está en Londres, feliz haciendo una maestría. Nuestros hijos varones tienen hermosos matrimonios. Juan Ignacio Niño Cobo nos convirtió en jóvenes abuelos en abril de 2016. Después han llegado Abril, Alicia y Alejandro, las alegrías de nuestra vida. Gracias, Liliana, por tantas cosas. Gracias, Dios, por tantas bendiciones.









viernes, enero 28, 2022

Indalecio Liévano y Hanoj Bar Nessim

El primero de abril de 1977 el Ministro De Relaciones Internacionales de Colombia, Indalecio Liévano Aguirre concedió carta de naturaleza colombiana a don Hanoj Bar Nessim, radicado en Colombia desde 1947. Mediante ese documento, don Hanoj, nacido en Jerusalem en 1914,  se convertía en colombiano por adopción, sujeto a los deberes y derechos de cualquier ciudadano. Culminaba así un viejo anhelo de don Hanoj, fundador de Dulces Elite y muy ligado a nuestro país, con hijos y nietos colombianos, que han seguido vinculados a nuestra patria.

Hanoj Bar Nessim, en el Bar Mitzvah de su hijo Jacobo en 1961

Pasaron casi 45 años de aquel día. Un descendiente de don Hanoj, mi sobrino Hanoj Bar Nessim Niño, tiene una comida en Tel Aviv, con una de sus clientes colombianas. Hanoj se dedica desde hace varios años a tramitar nacionalidades sefarditas en España y Portugal y una de sus clientes quiere agradecerle sus buenas gestiones con una atención.

En medio de la comida, la cliente le muestra a Hanoj un documento y le dice: "Hanoj, tu le conseguiste la nacionalidad española a mi familia, te cuento que uno de mis antepasados le consiguió la nacionalidad colombiana a tu abuelo hace 45 años". 


La emoción de ambos fue muy grande. Una coincidencia increíble y muy bonita, que muestra las vueltas que puede dar la vida. Aquí queda para el recuerdo la foto de Claudia Arrázola Liévano y de Hanoj Bar Nessim Niño, en enero de 2022 en Tel Aviv. El mundo es un pañuelo.

Claudia Arrázola Liévano y Hanoj Bar Nessim Niño, enero de 2022, Tel Aviv.






Silvia Buenaventura Sendoya

La dolorosa noticia de la temprana desaparición de Silvia Buenaventura Sendoya me ha dejado muy conmovido. Retrocedí en el tiempo hasta aquellos maravillosos años de comienzos de los 70s, cuando tuve la fortuna de pasar mucho tiempo al lado de la familia Buenaventura Sendoya, en el hermoso barrio de Cadiz en Ibagué.

Mi primera novia, aquel amor de los 15 años que jamás se olvida, fue Helena Buenaventura Sendoya. A su lado conocí la casa de Jaime Buenaventura y Belencita Sendoya, así como a Julita, Silvia, Jaime Alberto (QEPD) y María Victoria. Una casa llena de música, allí conocí a Eydie Gorme y Los Panchos, a Jose Alfredo y Alicia, aprendí a apreciar boleros y rancheras, allí di mi primera serenata. Era la clásica visita en la sala, con Julita y Silvia actuando discretamente como chaperonas. 


Las Buenaventura Sendoya habían nacido con vena artística. Cantaban muy bien, especialmente rancheras. Eran espectaculares bailarinas, de las que "se formaba rueda para verlas bailar". Un ambiente de rumba animaba aquella casa, de la que tengo muy buenos recuerdos. En junio de 1973 viajé a la Escuela Naval, un par de veces me vi con Helena, pero pronto llegó la universidad, Bogotá, la vida, etc. y aquel amor juvenil quedó atrás.

Cuando iba a Ibagué, muchas veces coincidía con Silvia. Siempre amable, siempre sonriente, me transmitía todo el cariño de aquellos años pasados. Era verla y volver a transportarme en el tiempo. La veía en fotos de amigos ibaguereños y siempre tenía aquella hermosa risa, que transmitía bondad. Nunca supe que estuvo enferma, nunca pude pedir por su salud. La noticia de su muerte me llegó ayer en la mañana y el dolor y las lágrimas me invadieron. Descansa en paz, Silvia, que tu sonrisa y tu recuerdo nos sigan acompañando toda la vida. Abrazos a Julita, Helena y María Victoria, a sus familias y a todos los amigos de nuestra hermosa Silvia. 

sábado, enero 22, 2022

El histórico muelle de Puerto Colombia

El jueves 15 de junio de 1893 se inauguró en la pequeña población de Cupino, cerca de Barranquilla, un imponente muelle, que reemplazaba al anterior de madera, construido cinco años atrás. Se trataba de una vía de 3500 pies, emplazada sobre las olas del Mar Caribe, con un muelle para el atraque de 180 metros de largo, hasta donde llegaba el ferrocarril, lo que permitía el transbordo directo entre los dos sistemas de transporte y su conexión directa con la estación Montoya, al lado de la Aduana en Barranquilla. Era en ese momento el segundo más largo del mundo y el tercero de mayor calado.

Su constructor fue el famoso ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, que dejó grandes obras en Colombia, especialmente en todo lo relacionado con ferrocarriles. Cisneros fue el responsable de la construcción del ferrocarril de Antioquia, el ferrocarril del Cauca o del Pacífico, que partió de Buenaventura y llegó a Cali, así como de los ferrocarriles de Girardot a Facatativá, y de La Dorada a Honda. También participó en el tranvía de Barranquilla, la mejora de la navegación en el bajo Magdalena, organizando al mismo tiempo varias compañías de navegación a vapor para transportar pasajeros y correo por el canal del Dique, el río Magdalena, el Nechí y el bajo Cauca.


Cisneros le había propuesto al presidente Rafael Nuñez que la población alrededor del muelle se llamara Puerto Nuñez, a lo que el presidente le sugirió que prefería que se llamara Puerto Cisneros. Finalmente, tomaron la decisión que se llamara Puerto Colombia. A Cisneros se le considera el fundador de la población.

La obra tuvo una importancia impresionante para Barranquilla, que pasó a considerarse la Puerta de Oro de Colombia. A los 10 años de su inauguración, las exportaciones que se hacían desde Puerto Colombia eran espectaculares. Los 40.000 sacos de café que se exportaban en 1874 por Salgar se habían multiplicado por 10. La expansión de la economía cafetera beneficiaba a Barranquilla y esta, a la vez, beneficiaba con su dinámica portuaria a la economía nacional. Puerto Colombia era, a comienzos del Siglo XX, el primer puerto colombiano que manejaba el 60 por ciento del comercio con el mundo. El agitado muelle de Puerto Colombia era la obra civil más importante de todas. Barranquilla pasó de 16.000 habitantes en 1875 a 40.000 en 1905. Hacia 1938 tenía 150.000 habitantes.


Así lucía el puerto en junio de 1909, en una postal enviada por un turista francés a su familia. Había una frenética actividad de todo tipo alrededor del muelle, que era referencia obligada de Colombia en el exterior.

El miércoles 18 de junio de 1919, el aviador William Knox Martin decidió llevar un envío postal de Barranquilla hacia Puerto Colombia. El joven Mario Santodomingo se animó y se subió al Curtiss. Luego de 10 minutos de vuelo, arrojaron un paquete que contenía 164 cartas en la Plaza de Puerto Colombia. Nacía el correo aéreo en nuestro país. 


Muchos barcos de turistas e inmigrantes llegaban por Puerto Colombia a nuestro país, incluido el vapor Patricio de Satrústegui, que llegó a Puerto Colombia el 2 de julio de 1918, con 120 inmigrantes españoles, la mayoría de ellos contagiados con la gripa española, la pandemia de hace 100 años. 


Esta es otra foto del puerto hacia 1924, cuando ya se comenzaban a presentar problemas de sedimentación. Desde 1919 las autoridades y los empresarios buscaban una alternativa al problema que ello causaba.



Los sucesivos gobiernos de los años 20s y 30s dieron completa prioridad a Bocas de Ceniza, para reemplazar al muelle de Puerto de Colombia. En 1937 el puerto de Barranquilla se dio al servicio con la doble función fluvial y marítima. En 1943 una decisión gubernamental prohibió el atraque de naves en el muelle inaugurado 50 años atrás en Puerto Colombia. 

El municipio, con aquella decisión, entró en completa decadencia, condenando así a la ruina y al olvido a la floreciente población. Se generó algo de turismo, proveniente de familias barranquilleras. Mis padres visitaban mucho las playas de Puerto Colombia, cuando en 1959 mi papá estaba en la Armada Nacional como oficial médico. En esas playas disfruté mi primer baño de mar. 


El 7 de marzo de 2009, el muelle colapsó, derrumbándose sus últimos 200 metros, por lo que la estructura fue cerrada. Parecía el último golpe que acabaría con la moribunda población.


En 2016, la Gobernación del Atlántico comenzó el proceso para recuperar parte del muelle. El 5 de julio de 2019 la empresa colombo francesa Soletanche Bachy Cimas, inició la demolición completa del muelle por encargo del gobernador del Atlántico Eduardo Verano De La Rosa, desapareciendo así las ruinas del que fue uno de los muelles más largos del mundo. Se diseñó una superestructura de 200 metros lineales, con una plataforma de 4,45 metros de ancho, soportada sobre pilotes metálicos hincados. Adicionalmente, cuenta con la instalación de barandas de protección e iluminación sobre toda la plataforma. Durante su ejecución, el proyecto generó más 200 empleos directos y 35 indirectos.

Hoy, 22 de enero de 2022, se inauguró esta obra por parte del presidente Duque y la gobernadora Elsa Noguera, obra que rescata una importante parte de la historia colombiana y debe traer recuerdos grandes a muchos inmigrantes a nuestros país. Se construyó cerca de la llamada Plaza del Inmigrante. Ojalá vuelvan los tiempos dorados a Puerto Colombia. 








viernes, noviembre 19, 2021

18 de noviembre de 1981

Con foto de El Rincón del Vinotinto, mis recuerdos del 18 de noviembre de 1981, hoy hace 40 años. 



Hoy hace 4 décadas tuvimos uno de los sustos más grandes de nuestra vida. Estábamos siguiendo el partido del glorioso Deportes Tolima de 1981, el comandado por Victor Hugo del Rio en plenas finales del fútbol colombiano. Enfrentábamos al Deportivo Cali en Ibagué.

Yo estaba en Bogotá, pegado del radio. De pronto, antes de comenzar el partido, se escuchó un gran estruendo a través de la radio. Lo describió así El Tiempo:

"...De pronto, antes de que los jugadores saltaran al terreno de juego, se sintió un estruendo brutal. Una de las barandas de las tribuna occidental cedió y se fue al piso. Una mole de cincuenta toneladas cayó sobre los espectadores. Ya antes, en febrero, la cubierta de esa misma área había caído, afortunadamente, sin víctimas".

Tribuna Occidental! Mi papá! Pensé inmediatamente en que algo le había pasado. Llamé a la casa, muy angustiado. Mi mamá no sabía nada. Era un época sin celulares ni ninguna herramienta de comunicación especial. Estuvimos varias horas en vilo, hasta que mi mamá salió a buscarlo por clínicas y hospitales.

Lo encontró en el Federico Lleras. Mi papá estaba a pocos metros de la tragedia, pero reaccionó como el buen médico que era. Bajó corriendo a la gramilla, atendió heridos desde el primer momento, se montó en una ambulancia y se fue para el hospital. A la casa llegó a la madrugada, mientras tanto en Bogotá Juan Carlos y yo no sabíamos nada.

18 personas murieron aquella noche en el Estadio de Ibagué. Centenares de heridos fueron atendidos en el Federico Lleras, situado a pocas cuadras del Murillo Toro.

El equipo jugó el resto de la temporada en Bogotá. Le ganamos al Cali y luego fuimos subcampeones. Quedaron recuerdos agridulces de aquel remate de 1981. Uno de los más lindos es el recuerdo de aquel médico valiente, Humberto Niño Rodríguez, cumpliendo con su deber en la gramilla del estadio de Ibagué.


domingo, julio 18, 2021

Se nos fue Julián Gómez

Sábado 27 de julio de 2019. Toda Colombia pendiente de la etapa decisiva del Tour de Francia, con la subida al Val Thorens, en una etapa reducida en su recorrido por el pésimo tiempo. En Zipaquirá, la tierra natal del líder Egan Bernal, se organizan pantallas gigantes en la plaza principal, para que el pueblo entero pueda ver la consagración del joven de 22 años.

Cuando Egan logró el cuarto puesto en la etapa y aseguró la victoria general, Zipaquirá entero saltó de alegría. Las imágenes de aquel histórico día para el ciclismo así lo mostraron. Con muchísima emoción, se festejaba la primera victoria de un colombiano en la máxima carrera del ciclismo mundial, después de 3 décadas de participaciones. Egan se convertía en el campeón más joven del Tour de Francia en 110 años.

Muchos colombianos nos emocionamos con la victoria, a lo largo y ancho del territorio nacional. Algunos, de lagrima fácil como yo, lloramos de alegría por la victoria conseguida. Pero la imagen clásica de ese día, la que quedó en la retina de muchos y en la lente de los fotógrafos, fue la bellísima foto de un niño de 11 años, llorando de emoción y alegría en Zipaquirá. La imagen fue registrada en Colombia y en muchos periódicos del exterior.




El niño se llamaba Julián Gómez, era un precoz ciclista de Zipaquirá, que adoraba a Egan Bernal y lloró sin pena la emocionante hazaña de su coterráneo. Fue invitado a la recepción que le hicieron a Egan en su ciudad y pudo abrazar al campeón. Su imagen fue inmortalizada en un mural en Zipaquirá, junto al campeón Bernal. “Me volví famoso de un momento a otro. No sé por qué si no gané el Tour, pero es algo muy bonito”, confesaba Julián en aquellos días. 







Hoy, domingo 18 de julio de 2021, un poco menos de 2 años después de aquella foto, Julián fue atropellado por una tractomula cerca de Zipaquirá, cuando practicaba ciclismo junto a su abuelo. Murió instantáneamente. De acuerdo con su entrenador, Julián estaba adelantando una práctica más corta de lo normal para poder regresar a su casa,  a ver la final del Tour de Francia 2021. 

Muchos colombianos sentimos profunda tristeza por la prematura muerte de Julián. El presidente Duque expresó su dolor en su cuenta de Twitter.


Muere un niño, queda su recuerdo, que ojalá transcienda en mayores medidas de protección a ciclistas y mayor cuidado de ellos cuando salen a las vías llenas de automotores. Les dejo la imagen de Julián en su momento de mayor alegría, aquel día de gloria de julio de 2019. Paz en su tumba.










miércoles, junio 09, 2021

Rodrigo Quintero

¿Cómo puede uno despedirse de un buen amigo? ¿Cómo se puede sobrellevar su ausencia? La temprana partida de Rodrigo Quintero Ramírez ha sido un golpe muy duro para muchas personas, pero en este escrito quiero concentrarme en recordar a a aquel gran amigo de la Escuela Naval. 

Sábado 7 de julio de 1973. Provenientes de muchas partes del país, más de 100 muchachos llegamos a la Escuela Naval de Cadetes de Cartagena, a perseguir el sueño de convertirnos en oficiales navales. Muchos llegamos muertos del susto, con apenas 16 años recién cumplidos, como era mi caso. Duros días para los reclutas, que éramos tratados sin contemplaciones, solo los más fuertes sobrevivirían. En mi caso no había vuelta atrás, debía aguantar al menos 2 años antes de pensar siquiera en regresar a mi casa en Ibagué.

Fuimos divididos en 4 cursos, correspondiéndome el curso 1-1 Charlie. Formamos un grupo que se fue desgranando en los primeros 3 meses, quedando para la Jura de Bandera 18 cadetes, menos de 80 en total para el contingente NR-67. Aprendimos a conocernos y a respetarnos. Jaime Mallarino, Manuel Ayuso, Iván Correa, Calixto Cortés, Juan José Moreno, William Guarín, Luis Fernando Pérez, formaban parte de aquel curso 1-1 Charlie. Hoy continuamos con ellos y muchos otros "contis", casi 48 años después, con el fuerte vínculo de afecto que se forma en la Escuela Naval. 

También formaba parte de aquel 1-1 Charlie un muchachito proveniente del Valle, que tenía apenas 15 años de edad. Rodrigo Quintero sobresalía en nuestro grupo por el gran entusiasmo y el gran tesón que le ponía a cualquier actividad que desarrollaba. Poseedor de una gran energía, nadie podía notar que era de los más jóvenes del grupo. Atento a las órdenes de sus superiores, gran atleta, buen estudiante, impecable en su vestimenta, Rodrigo era una de mis grandes referencias en esos primeros meses de Escuela. ¿Cómo hace este flaquito, este pajarito, para seguir corriendo sin cansarse a las 9 de la noche?, me preguntaba. Rodrigo era la definición perfecta del "cadete prusiano".

Curso 1-1 Charlie, NR-67, octubre de 1973

En la foto oficial que nos tomaron un par de días antes de la Jura de Bandera, salimos juntos Germán Niño y Rodrigo Quintero, agachados, en el extremo izquierdo de la foto. Un recuerdo que se hace muy valioso en este momento, cuando despedimos al amigo que parte tan temprano. 

Durante los siguientes 2 años, tuvimos una buena y cordial relación de amistad y compañerismo con Rodrigo. Recuerdo mucho sus pequeños gestos de compañerismo, completamente desinteresados. Varios domingos en los que yo no podía salir por estar de guardia, Rodrigo llegaba con un "pudín" de regalo, algo de comer que sabía a gloria y que yo le agradecía mucho. Aquel flacucho muchachito de los primeros días se había crecido y era un cadete que disfrutaba y se gozaba la Escuela.


En estos días de reencuentro encontré una buena foto de Rodrigo en 2-2, casi dos años después de su llegada a la Escuela, que muestra su buen porte de cadete. Mirada firme, segura, impactante para un joven de 17 años. Así lo recuerdo todavía, aunque dejé de verlo durante 45 años.

Rodrigo continuó en la Escuela, estuvo en el famoso viaje del Gloria en 1976, cuando se celebraban 200 años de la independencia de Estados Unidos. Se graduó como oficial, Teniente de Corbeta, el 26 de mayo de 1978, cerca de 5 años después de nuestra llegada de reclutas a Cartagena. Ascendió hasta Teniente de Navío e inició una nueva carrera como Oficial de Operaciones en la Draga Bocas de Ceniza, donde adquirió nuevas habilidades para luego certificarse como piloto práctico. En 1994 ya tenía licencia como Piloto de Primera en los puertos de Buenaventura y Turbo, llegando después a convertirse en Piloto Maestro. Empresario con visión, formó empresa para aprovechar sus valiosas habilidades.




Se casó con Gloria Amparo Rodríguez, unión de la que tuvo a Rodrigo Quintero Rodríguez, hoy Capitán de Corbeta. Con Ana Milena Zuleta tuvieron 2 hijas, Sandra Milena y Celeste Quintero Zuleta. Sus tres hijos eran una parte importantísima de la vida de Rodrigo padre.

Rodrigo padre y Rodrigo Junior


Rodrigo y sus 3 hijos


A mis antiguos compañeros del contingente NR-67 los volví a encontrar a mediados del año 2020, 47 años después de haber ingresado a la Escuela Naval. Eramos diferentes, maduros, muchos jubilados y con nietos, pero al mismo tiempo éramos otra vez aquellos muchachitos de 1973, con picardía, juventud, confianza y amistad incondicional. Ya no importaban los cursos, ya no valía la antigüedad, éramos otra vez muchos reclutas de la compañía Delta recordando con cariño y aprecio nuestro tiempo en la Escuela. De la mano y la guía de Gabriel Salazar y otros compañeros volvíamos a navegar juntos. Cuántos amigos volvimos a estrechar lazos después de casi 5 décadas de no vernos. 


Entre ellos, otra vez destacaba Rodrigo. Amable y afectuoso, era otra vez aquel amigo que me traía pudines en aquellas noches de 1974 en la Escuela. Siempre me llamaba Germancito, me hacía recordar a Cartagena, la Escuela, esos 2 años duros y a la vez felices de mi adolescencia. Un hombre muy amable y cordial, que se gozaba la vida de la misma manera que había gozado la Escuela.

Su últimas intervenciones en nuestro chat fueron para contarnos un inverosímil vuelo privado entre Buenaventura y Cali, el 13 de mayo de 2021, donde fue el único pasajero, experiencia que disfrutó como un niño chiquito. Igualmente, una semana después, nos contó muy emocionado de la ciudadanía en Estados Unidos de su hija Celeste, que lo llenaba de orgullo. "La he dejado navegar sola, ya llegará el momento de aconsejarla e impulsarla", nos decía. 





El domingo 23 de mayo, en horas de la noche, fuimos informados por Carlos Martínez y Federico Przbilla en nuestro chat acerca de la salud del Pirry, supimos que estaba hospitalizado después de varios días de síntomas que había descuidado. Todos los compañeros de una u otra manera buscamos la manera de ayudar. Entró en UCI el 26 de mayo, a librar una batalla en la que había muy pocas esperanzas. Nos dejó el lunes 7 de junio, quedando devastados sus muchos amigos. Hará mucha falta Pirry, que parte hacia la inmortalidad con apenas 63 años. Había nacido el 18 de octubre de 1957.

Para finalizar, les dejo un sabio consejo de Rodrigo: "A los amigos los quiere uno con sus virtudes y sus defectos. Hay que respetar sus ideas y sus pensamientos." Una filosofía de vida que suena simple, pero que Pirry practicó con la misma tenacidad con que afrontó todos los retos de su vida y que lo llenó de amigos. Se hacía querer. Buen viento y buena mar, Rodrigo. Seguiremos brindando por los recuerdos, por Rodrigo Jr, Sandra y Celeste, en quienes recordaremos el gran hombre que fuiste.

Rodrigo Quintero, octubre de 1957- junio de 2021


domingo, mayo 23, 2021

Jorge Franco Lema

Hoy domingo 23 de mayo de 2021, a media mañana, recibí la triste noticia de la muerte inesperada de Jorge Franco Lema, un buen amigo ibaguereño a quien conocí en los años setentas en mi paso por la Escuela Naval de Cadetes en Cartagena. Me llegaron a la memoria muchos gratos recuerdos de Jorge, un buen hombre, un caballero del mar, un colombiano de esos de quien debemos enorgullecernos.

Jorge Alberto Franco Lema nació en Ibagué el 17 de agosto de 1954, en el seno de una conocida familia tolimense, vinculada por varios lazos a la familia Niño Rodríguez. 

Se graduó como bachiller muy joven, a los 16 años, en el Colegio Francisco Jiménez de Cisneros, en el que yo también estudié, terminando estudios en noviembre de 1970. 

Con apenas 16 años entró a la Escuela Naval en enero de 1971 como bachiller en el Contingente 56, que en el argot de la Escuela era un contingente de “recabros”. Después de hacer un semestre como reclutas, el curso 1-1, los “recabros” eran pasados en el siguiente semestre a 2-2, sin hacer los cursos 1-2 y 2-1. Esa modalidad implicaba que los “recabros” eran tratados duramente en la Escuela, situación que Jorge soportó con valentía, a pesar de su corta edad.

Yo ingresé a la Escuela en julio de 1973, cuando Jorge estaba en el curso 4-2, embarcado en El Gloria. Lo conocí cuando retornaron “los gloriosos” a Cartagena, en el pequeño círculo de tolimenses que estábamos en la Escuela. 

Hablamos de nuestras familias y encontramos un recuerdo común: Mi abuelo Pedro Antonio Niño había sido muy amigo de Rafael Lema, abuelo de Jorge. Copartidarios, conservadores en una ciudad muy liberal, el banquero Rafael Lema había financiado la construcción de un edificio de mi abuelo en el centro de Ibagué. Mis tíos habían sido muy amigos de las tías de Jorge, así que encontramos muchos vínculos comunes y hablábamos mucho, a pesar de yo ser apenas un recluta y el un cadete a punto de pasar a ser guardiamarina.


Durante 1974 seguimos siendo cercanos, siendo él guardiamarina, habiéndose graduado en diciembre de 1974 como Teniente de Corbeta. Jorge continuó vinculado a la Armada durante 17 años, habiendo sido Oficial de planta en la Escuela Naval, profesor de Electrónica Digital, Sistemas de Armas, Sistemas de Comunicaciones y Sistemas de Radar. Fue ayudante privado de dos comandante de la Armada y del director de la Escuela Naval. Fue Comandante de las Unidades ARC Albuquerque, ARC Espartana y ARC Arauca. Se retiró en 1991, con el grado de Capitán de Corbeta.

Jorge se graduó como Ingeniero Naval, hizo un Master en The United States Naval Postgraduate School, fue Vicepresidente de Vikingos, Gerente Regional y Director Comercial de Avianca, docente en la Universidad de la Sabana, para finalmente dedicarse a manejar la franquicia en Colombia de WSI, una compañía multinacional de marketing digital que manejó desde 2011 en Colombia. 

Allí, en su estadía en WSI nos volvimos a encontrar, siempre tan amable y sencillo como siempre. Trabajamos juntos en varios proyectos, visité su casa en Bogotá, compartimos buenos momentos. 

Jorge llevaba una vida sencilla con su esposa Maria Patricia Marquez Arrazola, feliz en su papel de abuelo, con dos hijas Maria E. y Daniela, su hijo Jorge y sus 2 hijos del primer matrimonio de María Patricia. Experto en varios temas, Jorge siempre brilló por su inteligencia y su don de gentes.


Me duele mucho la partida de Jorge Alberto. Siendo yo un muchachito de 16 años en la Escuela me brindó su apoyo y su amistad, en momentos duros y solitarios. Cuando nos volvimos a encontrar en la vida, me trató como amigo y trabajamos juntos en un ambiente cordial y profesional. Se fue muy joven, dejando una estela de buenos recuerdos y grandes enseñanzas. Durante la pandemia manifestó en muchas ocasiones su dolor de patria y su preocupación por la situación general del país. Murió prematuramente, muy preocupado por el momento que vive Colombia. Se va un buen tolimense, un buen colombiano. Buen viento y buena mar, Capitán Jorge Alberto. 

Germán Niño, cadete naval, NR 67-46




lunes, abril 26, 2021

Un lector empedernido y su librero

Esta tarde de tercer pico de pandemia salí de mi casa a acompañar a mi hija a una larga consulta de oftalmología, en un edificio de consultorios en Usaquén. Como la consulta podía demorar más de una hora, decidí caminar unas cuadras hasta Hacienda Santa Barbara, uno de mi lugares favoritos para caminar en Bogotá. Mientras caminaba por los desolados corredores, me topé de frente con la Librería Nacional, un almacén que siempre me ha atraído, como les comentaré más adelante.


Entré, recorrí la zona de novedades, llena de nuevas ediciones de muchos libros que me llamaron la atención. Iba en concreto a buscar el reciente libro de memorias de Rudolf Hommes, ASÍ LO RECUERDO, que se puede encontrar en Amazon, pero quería tener en edición física. Llegué a la caja, pedí mi descuento de lector frecuente, pagué y ya me disponía a salir, cuando oí una voz muy conocida a mis espaldas. Me acerqué al dueño de esa voz ronca e inconfundible y pregunté: ¿Fernando? El librero se volteó y me saludo ¡Don Germán! ¡Tiempos sin verlo! 


Llegaron a mi memoria años y años de visitas a la Librería Nacional. Muy recién llegado de la Escuela Naval a Bogotá en 1975, el sitio de moda era la carrera 15, entre calles 77 y 85. Allí podía uno encontrarse con amigos en una nueva cafetería llamada Oma, comprar pan en Pan Fino, tomar onces en El Chiquito, sucursal del Cream Helado grande de la Caracas, tomar cerveza en la Taberna Bávara y comer pizza en un nuevo restaurante llamado Jeno´s.  El centro de actividad era el Centro Comercial El Lago, lleno de almacenes elegantes y concurridos. Allí, en ese centro comercial, se montó la primera Librería Nacional de Bogotá, seguida muy rápido de la Librería Nacional de Unicentro. En La Nacional compraba en aquellos años El Gráfico de Argentina, que llegaba de vez en cuando a sus estantes de revistas. Recuerdo mucho las bellas ediciones del Mundial de Argentina de 1978.

Centro Comercial El Lago de Bogotá




Unos años más tarde, La Nacional montó una nueva sucursal en el centro, en un pasaje en la carrera séptima, entre calles 17 y 18. Allí compraba en aquellos años todos los comics franceses de Tintin, Lucky Luke, Asterix y Obelix, junto a los libros de Mafalda y revistas de economía. Compraba igualmente la edición dominical del New York Times. Ya trabajando desde 1982, La Nacional de la 17 era mi refugio cuando almorzaba solo, pues era la única librería de Bogotá donde uno podía sentarse a leer libros antes de comprarlos. 


Hacia 1983 llegó a La Nacional de la 17 un nuevo muchacho vendedor. Fernando destacaba por su voz ronca y su habilidad para aconsejar nuevas publicaciones. Pronto se acostumbró a verme llegar, me decía por ejemplo que me había guardado la edición del periódico o que había llegado un nuevo libro de Asterix. Varios años fue mi librero en el centro, mis gustos iban cambiando en la medida de los años. Poco a poco las responsabilidades me fueron alejando de mis continuas visitas a la librería.


Llegaron los años 90 y comencé a visitar la Nacional de Unicentro. Yo iba a la librería los fines de semana, ya con dos niños pequeños y algunas veces acompañado de mi esposa. Los niños corrían a la zona de libros infantiles, mientras yo compraba revistas de tecnología y los más recientes libros. En una de esas mañanas de sábado, me encontré con Fernando. Había sido ascendido al segundo puesto en esa importante sucursal, pues el primer puesto lo tenía Felipe Ossa Domínguez, el gerente en esa época y ahora propietario de La Nacional. Retomamos la vieja rutina y de nuevo se convirtió en mi librero. Un buen día, Fernando me dijo que había logrado que, de por vida, me dieran un descuento del 10% sobre cualquier compra que hiciera. Un honor que aún hoy conservo y que le agradecí mucho.



En 1997 llegó mi tercera hija y vinieron muchas cosas que me alejaron de los libros y de La Nacional. Llegó el Siglo XXI, me establecí algún tiempo fuera del país, cuando volví a Bogotá descubrí las librerías de viejo en el centro y diversifiqué mis visitas en varios lugares. Después llegaron los libros electrónicos, primero en PDF y luego en el maravilloso invento del Kindle.  Solo de vez en cuando compraba libros en La Nacional de Unicentro o de Santa Barbara.


Por eso mi emoción de hoy al encontrarme a Fernando, mi librero desde 1983. Habían pasado 24 años sin vernos. Me contó que ya está jubilado, pero que La Nacional le pidió seguir con ellos "hasta cuándo el cuerpo aguante". Se acordaba perfectamente de mí, recordaba a mis dos hijos pequeños. Le conté que ahora tengo un nieto de la edad que tenían mis hijos cuando visitaba La Nacional en los 90s. Nos miramos con nostalgia. Un lector empedernido y su librero volvían a encontrarse.

La Nacional cumple 80 años en septiembre de este año. He leído mucho sobre su historia y ha sido una compañera de vida muy importante para mí. Llevo con honor el título de lector frecuente de esa importante institución colombiana. Hoy volví a revivir con nostalgia aquellos maravillosos momentos que me ha brindado La Nacional. Gracias por tantos libros, gracias por tantos recuerdos.

Felipe Ossa, propietario de la Librería Nacional