martes, junio 12, 2018

La segunda estrella de un gran equipo

Voy a contarlo como lo viví. A distancia, digitalmente, pero con el corazón en el Anastasio Girardot de Medellín. Frente a un computador, pero sintiendo plenamente el sentimiento de los muchachos en la cancha. En casa de mi querida familia en México, pero al mismo tiempo en el Parque Murillo Toro de Ibagué. Sintiendo a cada momento el orgullo y la emoción de ser tolimense.


Los primeros 45 minutos los pasé casi sin mirar el Twitter, en un hotel en la Ciudad de México. Al final de ese primer tiempo supe que íbamos 0-0 y que todavía había esperanzas. Nos recogieron para ir a una reunión familiar y en el camino uno de mis sobrinos me gritó "tío, acaba de meter gol Tolima!". Una emoción sin límites me llenó el corazón con ese gol de Sebastián Villa, apenas llegué a la casa corrí a buscar más detalles y encontré que estaban mirando el partido en el computador de la casa. Pude ver como Tolima dominaba al Nacional, como el equipo jugaba con personalidad y eficiencia. Pude ver como nos robaban un penalti y como nos empataban. Ante la inminente derrota, me quedé solo, esperando un milagro, mientras el computador comenzaba a perder la señal desde Medellín.



Pocos minutos antes de terminar, nuevamente entró mi sobrino "parece que Tolima metió otro gol!", ante lo cual nuevamente se llenó la zona del computador. Todos buscábamos quien tenía esa información, pues la señal del partido todavía estaba en el minuto 89. Una sobrina desde Bogotá confirmó la noticia en Whatsapp, con un mensaje de goooooooooool que nos llenó de alegría. Tolima dando vuelta al marcador! Frente a 40.000 espectadores! Con todo en contra! No lo podía creer. Un golazo de Danovis Banguero nos ponía en los penaltis.


Los siguientes cinco minutos los pasamos buscando una señal más estable y pidiendo que Tolima cobrara los penaltis como contra Medellín unos días antes, como contra Cali en el 2003. Todos nos sentamos frente al computador. Nacional metió el primero. Dairo Moreno continuaba su racha en finales contra sus paisanos tolimenses. 1-1 empató Tolima, otra vez Sebastián Villa. 2-1, ganando Nacional. 2-2 empatamos, con gol de Omar Albornoz. Llegó el tercer cobro y la gran atajada de Montero! El milagro se venía venir! Cobró con mucha personalidad Banguero y nos fuimos adelante 3-2. Por primera vez en toda la final estábamos ganando! Faltaba muy poco! El cuarto cobro de Nacional fue detenido por el pie del gigante arquero tolimense. Un grito grande de todos nosotros en Ciudad de México llegó hasta el Anastasio, llegó hasta el Murillo Toro de Ibagué.


En esos pocos segundos antes del cuarto penalti volví a 1965, viendo mis primeros partidos del Tolima con mi papá. Volví a ver el gran equipo de 1982, pero sobre regresé a diciembre del 2003, cuando fuimos por primera vez campeones. Junto a Marco Pérez pateamos con el alma millones de tolimenses y junto con todos los jugadores saltamos hasta el cielo celebrando la hazaña. Yo no podía reaccionar. Solo decía "campeones, campeones!". Todos esperaban que me largara a llorar, pero la tensión y la incredulidad todavía me dominaban. Me abracé con Valeria, agradeciendo el increíble triunfo. Pensaba en mis hermanos, los hinchas de de cada fecha en el estadio de Ibagué . Sonaban en el computador la guabina tolimense y los gritos emocionados de los jugadores, mientras 40.000 espectadores desocupaban el estadio en silencio absoluto.


Minutos más tarde pude hablar con mi hermano Juan Manuel en Ibagué, que ya en ese momento estaba con sus calles repletas de felices paisanos celebrando la gran hazaña. También con mis hijos nos cruzamos mensajes emocionados. Luego apareció desde España mi hermano Juan Carlos, el más constante de los hinchas tolimenses, el que más veces ha ido al estadio Murillo Toro en toda la historia. Todos felices, orgullosos de nuestro gran equipo.



Así lo viví, otra vez fuera del estadio. Como viví el subcampeonato de 1982, de rodillas todo el segundo tiempo oyendo el partido en Bogotá. Como viví el ascenso del 94, pegado al radio y llorando de alegría. Como viví el campeonato del 2003 en Cali, llorando de emoción en Ibagué junto a mis dos hijos mayores. La única vez que iba a ver coronarse al Tolima en Ibagué, perdimos una increíble final frente al Cucuta de Jorge Luis Pinto. El destino de los tolimenses ha sido que el equipo se haya coronado en Cali, Bogotá y Medellín. La próxima será en nuestro querido Murillo Toro. Espero que el destino me permita estar allí celebrando una nueva hazaña.


domingo, mayo 20, 2018

Luis Prieto Ocampo

La lamentable muerte de Luis Prieto Ocampo me ha llenado de tristeza y nostalgia, devolviéndome la memoria de una época muy especial de mi vida. Trabajé con el doctor Prieto entre 1983 y 1986, comenzando mi carrera bancaria y tengo muchos recuerdos y anécdotas de aquellos tiempos.

A comienzos de octubre de 1983, recién llegado de mi luna de miel, comencé a trabajar en el Banco del Estado, donde era presidente Luis Prieto Ocampo. Me habían ofrecido el puesto un mes antes, como llovido del cielo, pues estaba a punto a casarme y necesitaba mejorar mis ingresos. En el Banco del Estado me ofrecían el doble de sueldo de mi anterior trabajo, buenas condiciones laborales y entraba a trabajar como analista de crédito junto a mi amigo de infancia Francisco Moreno. Nuestro jefe era Carlos Alberto Pérez, con quien todavía conservamos una buena amistad en la actualidad.


El ambiente de trabajo en el Banco era espectacular. El doctor Prieto se había rodeado de un grupo de magníficos ejecutivos y muy buenos técnicos, contratados a toda prisa en los mejores bancos del país. El banco se había quebrado en la crisis del año 1982 y el gobierno de Belisario Betancur había decidido recuperarlo, poniendo en frente del mismo a Prieto Ocampo, quien había sido alcalde de Bogotá, presidente de la ANDI, así como un industrial exitoso, honrado y eficaz. Liberal, había aceptado entrar al gobierno conservador de Belisario con la condición de que no aceptaría ninguna condición del gobierno en el manejo del Banco del Estado. Tanto Belisario como Prieto Ocampo cumplieron a cabalidad aquella condición inicial.

Las jornadas de trabajo eran largas y rigurosas. El ritmo de trabajo que imponía Prieto Ocampo era frenético y sin intermediarios. Muchas veces yo debía ir hasta la presidencia, acompañado de Carlos Pérez, Director Nacional de Crédito, para explicarle al doctor Prieto y a José Fernando Londoño, Vicepresidente Bancario, los detalles de alguna operación de crédito. Prieto nos desarmaba con preguntas claras y concretas sobre los clientes. La más clásica: "Doctor Niño, si usted tuviera que prestarle a ese cliente la única plata de su mamá viuda, lo haría?". Era un hombre sagaz, de una inteligencia muy clara, que confiaba en su equipo de trabajo y nos delegaba grandes responsabilidades.

Prieto tenía buen ojo y, modestia aparte, recomendó que me dieran un ascenso. En marzo de 1984 me nombraron segundo a bordo en la División Nacional de Crédito, como Jefe del Departamento de Análisis de Crédito. Una buena noticia, que coincidía con el nacimiento de Germán Felipe, mi primer hijo. El doctor Prieto nos enviaba junto con Carlos Pérez a reuniones muy importantes, representando al Banco en complejas negociaciones. Yo tenía apenas 27 años.

El doctor Prieto nos permitió crear muchos productos novedosos, con el entusiasta apoyo del Vicepresidente Bancario José Fernando Londoño, a quien había traído de Manizales para manejar la parte comercial del Banco. Recuerdo mucho que lanzamos una línea de crédito de vehículo que tenía un seguro incorporado que permitía tener grúa, asistencia vehicular y otras novedades que no existían en Colombia. En ese buen producto tuvimos la asesoría de Enrique Fajardo y Mario Giraldo Palacio, pero también el apoyo incondicional de Prieto, que quería ver al Banco a la vanguardia del mercado.

En marzo de 1985, ante la dolorosa noticia de la muerte de mi padre, uno de los primeros telegramas de condolencia llegó por parte del doctor Prieto. Cuando regresé al Banco, me concedieron varios días extras para encargarme de todas las gestiones por la muerte de mi papá, así como un periodo de vacaciones adelantado, para que yo tuviera el tiempo que necesitaba. Cosas que le agradecí con todo mi corazón y toda mi lealtad.

Cuando regresé, le propuse al Banco una gran idea. Había conocido en esas semanas el mundo de la computación y estaba seguro que podía servir en el Banco. Un fin de semana me llevé a la casa todos los formularios de análisis que hacíamos a mano, junto con los conceptos técnicos que hacían las secretarias en viejas máquinas de escribir para presentar en los Comités de Crédito. Pasé todo el fin de semana trabajando en uno de los primeros PC de la historia, el Radio Shack TRS-80, con dos grandes floppys y una hoja de cálculo llamada Multiplan. En ese computador hice todo el trabajo del Comité, impecablemente presentado. Cuando el doctor Prieto vio ese trabajo, quedó completamente descrestado y entusiasmado. Me llamó a su oficina, me hizo toda clase de preguntas y compró de inmediato la idea. Una semana más tarde, todos los analistas de crédito teníamos modernos computadores.



Ese afán y ese inquietud del doctor Prieto por estar a la vanguardia de la tecnología no era nuevo. Cuando había sido presidente de Tejidos Unica había introducido muchos cambios que convirtieron a esa empresa en una moderna fábrica regional. Cuando fue alcalde de Bogotá introdujo un moderno concepto desconocido en América Latina, la llamada ciclovía. En el Banco del Estado, había invertido grandes sumas en un concepto que era totalmente desconocido en Colombia: Una cuenta corriente que permitía hacer retiros en cualquier ciudad del país. El Banco estaba totalmente en línea, la Telecuenta atrajo gran cantidad de clientes empresariales y también muchísimas personas que vieron la conveniencia del sistema. El cajero automático de aquellos años. Prieto era un visionario.



En julio de 1985, recién nacido mi hijo Daniel Humberto, me salió una oportunidad de trabajo que no podía rechazar. El Banco del Comercio me ofrecía volver a trabajar con ellos, en unas condiciones de sueldo que el Banco del Estado no podía ofrecer. Hablé con el doctor Prieto, quien entendió la situación y aceptó la candidata que propuse para reemplazarme, mi gran amiga Lucy Cortés.

En el segundo semestre de 1985 y primer semestre de 1986 estuve en el Banco del Comercio y luego en un muy importante puesto en el IDEMA, cortesía del aprecio del Ministro Roberto Mejía Caicedo por nuestra familia. Estaba terminando el gobierno de Belisario, en medio de los desastres del Palacio de Justicia y de la tragedia de Armero. No sabía que iba a hacer después del 7 de agosto de 1986, más cuando el nuevo gobierno era liberal. De nuevo, llegó la ayuda de Luis Prieto Ocampo en un momento muy oportuno.

A mediados de junio de 1986 me llamó el doctor Prieto y me invitó a visitarlo en el Banco. Sin preámbulos, me ofreció la Dirección Nacional de Crédito, una muy importante posición en la organización. Yo le dije que aceptaba encantado, tenía apenas 29 años y era una responsabilidad y un honor muy grande para mi volver a trabajar a su lado. Lo único que le pedí era poder acompañar al doctor Orlando Sardi de Lima en el IDEMA hasta el 7 de agosto. Muy directo, Prieto me dijo: "Doctor Niño, le doy 20 días para estar aquí trabajando. Si no se presenta a trabajar el primero de julio, no cuente con nosotros". Salí de su oficina, presenté mi renuncia en el IDEMA y estuve a las 7 de la mañana del día indicado en su oficina.

Vinieron años muy importantes en mi carrera. Todo el año 1986 trabajé al lado de Prieto, manejando la División de Crédito, presidiendo el Comité de Crédito y representando al Banco del Estado en muchas reuniones. Prieto era un jefe estricto, pero que confiaba en nuestro trabajo. Como siempre, el ambiente de trabajo era fluido y excitante. El Banco manejaba excelentes indicadores. Prieto Ocampo era un administrador serio, honrado, eficiente, la definición perfecta de lo que debe ser un buen servidor público. Recuerdo con gran aprecio sus enseñanzas y sus consejos. El paso por el Banco me dejó grandes amigos, pero especialmente a Gustavo Rojas y a Claudia Uribe.

Prieto fue llamado a nuevas responsabilidades, dejaba al Banco en una posición de privilegio a su partida. Fue una pieza muy importante en el gobierno de Virgilio Barco y manejó buena parte de los hilos de las campañas presidenciales de Luis Carlos Galán y de Cesar Gaviria. Fue nombrado presidente del Banco Cafetero, una entidad muy grande y compleja, donde los juegos de poder eran muy grandes. Siguió sirviendo al país desde distintas juntas, asesorías y consejos. Fue embajador en Gran Bretaña hacia 1994, donde convirtió la Embajada en una empresa seria y eficiente. Lo define perfectamente el ministro de Transporte, Germán Cardona, quien fue alcalde de Manizales en dos periodos: "Fue de los seres humanos más honestos y respetables que he conocido". 

Prieto Ocampo formó una gran familia, al mejor estilo caldense. Tuvo 10 hijos, 22 nietos y 20 bisnietos. Su hija Marcela lo define: "Fue un padre maravilloso. Nos guiaba y nos amaba. Toda su vida giró en torno a su familia". Su familia le dio grandes alegrías y, como es inevitable, grandes tristezas. A principios de los 70 su primera esposa, Beatriz Uribe, y su hijo Luis Guillermo murieron en un accidente aéreo entre Medellín y Manizales. Recientemente, el duro golpe de su hijo Roberto Prieto, involucrado en el caso Odebrecht.

Prieto Ocampo estudió Ingeniería Química en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. En lo empresarial, fue gerente de Tejidos Única, gerente del Instituto de Fomento Industrial (IFI), presidente de la Andi, gestor de la Corporación Financiera de Caldas, gerente de los bancos Cafetero y del Estado. Representó a Colombia en la Junta Directiva del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). En lo político, ocupó la Alcaldía de Bogotá, designado por el expresidente Alfonso López Michelsen, su amigo personal; gerente de las campañas a la presidencia de Luis Carlos Galán Sarmiento y de César Gaviria Trujillo, y embajador de Colombia en el Reino Unido.  Pasó por todas esas posiciones dejando un legado de honradez, eficiencia y gallardía. Paz en la tumba de un gran colombiano.