viernes, junio 20, 2014

1985

1985 fue el año de la muerte de mi padre y del nacimiento de mi hijo Daniel Humberto. El año de la muerte de mi tío Walter y del nacimiento de 3 de mis sobrinas. El año de Lucho Herrera en el Tour de Francia y del Suramericano de Paraguay. El de las grandes tragedias del Palacio de Justicia y de Armero. 

Al comenzar ese año tenía 27 años, estaba recién casado, con un bebé de pocos meses y otro en camino. Trabajaba en un banco como Jefe del Departamento de Análisis de Crédito y estaba contento con mi vida, mi trabajo y mi familia recién formada. No esperaba para nada un año tan lleno de acontecimientos, tanto para mi como para Colombia.


Suramericano Juvenil


El año deportivo se inició con un campeonato juvenil de fútbol en Paraguay. Un grupo de muchachos dirigidos por Luis Alfonso Marroquín inició su participación el 13 de enero de 1985, ganando 2-1 a Bolivia. El 16 de enero lograron un importante empate 1-1 contra Argentina. El 19 de enero empataron nuevamente 0-0 contra Brasil. La apoteosis llegó el 20 de enero, ganando 3-0 a Chile, con lo que logramos pasar por primera vez a una segunda fase en un campeonato juvenil, eliminando a Argentina. El Mundial se veía muy cerca y los nombres novedosos de René Higuita, J.J. Tréllez, John Edison Castaño y Wilmer Cabrera se hicieron famosos en Colombia.

En la casa de mis suegros, donde vimos la mayoría de partidos, el ambiente era de locura. El pobre Germán Felipe, mi bebé de 9 meses, veía con terror a su papá y tíos gritando cada jugada y saltando como locos en cada gol. La pasión del fútbol era total en Colombia en ese enero de 1985.

La fase final era contra Brasil, Uruguay y Paraguay, pasaban 3 equipos al Mundial Juvenil organizado por la Unión Soviética. El 25 de enero jugamos contra Paraguay, logrando un empate 1-1, partido que hubiéramos podido ganar de no ser por el arquerito de Paraguay, un muchachito llamado José Luis Chilavert, que nos sacó gran cantidad de jugadas de gol. El 27 de enero perdimos 2-1 contra Brasil, en un disputado partido. El 30 de enero, en un partidazo, Colombia logró la clasificación al Mundial venciendo 4-1 a Uruguay, con 2 goles de Tréllez y uno de John Edison Castaño. No se veía nada igual en Colombia en muchos años de fútbol.

Matrimonio y bebé


En plena fiebre del Suramericano fuimos a Ibagué para un acontecimiento muy especial, el matrimonio de mi hermano Juan Carlos Niño con Adriana Lucia Bonilla Bravo. El 25 de enero de 1985, en la Capilla Episcopal de Ibagué se celebró el matrimonio, seguido de una recepción ofrecida por los papás de la novia, Bernardo Bonilla París, alcalde de Ibagué y su esposa, Amparo Bravo de Bonilla. Se casaban muy jóvenes, Juan Carlos de 23 años y Adriana de menos de 20.

Al día siguiente, 26 de enero de 1985, nacía el segundo integrante de la tercera generación de los descendientes de Pedro Antonio Niño y Paulina de Niño. Mi prima Sandra Margarita Pérez Niño y su esposo Carlos Rodríguez anunciaban la llegada de Santiago José Rodríguez Pérez, su primer hijo. Comenzaba la tanda de los nacidos en 1985.

El 30 de marzo de 1985 decidimos celebrar a lo grande el primer cumpleaños de nuestro hijo Germán Felipe. Vinieron de Ibagué mis papás, acompañados por mi hermano Juan Carlos. Hicimos una fiesta muy linda en la casa de mis suegros, con asistencia de muchos amigos. Mi papá estaba especialmente contento con su primer nieto, pasó una tarde feliz, alzando a Germán Felipe, que además buscó todo el tiempo a su abuelo. Estuvimos muy animados en la celebración y nos acostamos muy cansados ese sábado.

El 31 de marzo nos levantamos tarde. Esa mañana se celebraba el bautizo de Santiago Rodríguez, con asistencia de toda la familia, pero nos excusamos por el cansancio de la fiesta del día anterior y el embarazo de Liliana, que le daba muy duro en las mañanas. Así que nos quedamos todo el día donde mis suegros, almorzamos tarde y me acosté a oír el partido Millonarios - Guaraní de Paraguay por la Copa Libertadores. Hacia las 5 de la tarde terminó el juego, 5-1 a favor de Millos y me quedé dormido un rato. Nada hacia prever la terrible noticia que iba a recibir unos minutos después.


La muerte de mi padre


Un poco después de las 5:30 de la tarde, me despertaron por una llamada de mi mamá. Pensé que era para contarme que ya estaban en Ibagué. Cuando pasé al teléfono, me dijo muy angustiada que mi papá acababa de tener un accidente. Que estaba en el hospital de Fusagasugá y que no sabía nada más. Le dije rápidamente que se tranquilizara, que yo ya salía para allá. Corrí donde mi esposa y le dije lo que había pasado y que me iba ya para Fusa. Liliana me aconsejó que no viajara solo, pues me veía muy angustiado. Convenció a mi cuñado Juan que me acompañara y salimos para Fusa, en un día muy difícil y de mucho tráfico, pues era Domingo de Ramos.

El trayecto fue muy angustioso y apenas llegamos al hospital salí corriendo hacia la zona de urgencias. Nadie sabía nada. Como pude entré a un área donde estaban unas camillas y localicé a mi hermano Juan Carlos, que estaba consciente, pero muy malherido. Le pregunté donde estaba mi papá. En forma muy directa me dijo: “mi papá se murió”. Quedé paralizado, las lagrimas me corrían por la cara, no podía asimilar lo que me estaba contando. Mi papá era un hombre muy joven, acababa de cumplir 51 años, estaba en plena forma, acababa de estar con él hacía unas pocas horas. Como iba a estar muerto?

Comencé a asimilar lo que había pasado cuando vi a mi prima Martha Milena en otra camilla. A Betty, la empleada de mi abuela Paulina en otra. A una amiga de Ibagué, en otra. Mi hermano había sufrido una fractura de cadera muy severa, él que es médico entendía más que todos lo que estaba sufriendo. El carro donde regresaban hacía Ibagué había sido embestido de frente por un irresponsable conductor que regresaba a Bogotá a toda velocidad, pasando carros sin importarle nada. Cerca de Fusa, en el caserío de Chinauta, chocó de frente contra el carro de mi familia al tratar de pasar un bloque de carros.

Mi papá, que viajaba en el puesto de copiloto murió en forma instantánea, sufriendo múltiples fracturas. En aquellos días no se usaba el cinturón de seguridad en Colombia, pero muy probablemente ello tampoco lo hubiera salvado. Un impacto de un carro a más de 100 kilómetros por hora no tiene salvación alguna para un pasajero en el puesto donde viajaba mi papá. Mi hermano fue protegido a medias por el timón, pero sufrió fracturas y heridas que hoy, 30 años después, todavía lo afectan. Los pasajeros del asiento trasero sufrieron menos.

Recuerdo con horror las horas siguientes. Recuerdo la llegada de mi cuñado Jacky y mi tío Pedro. La salida de la ambulancia con mi hermano hacia el Hospital Militar de Bogotá. La llegada de mi hermano Juan Manuel y su doloroso llanto. Ver a mi papá en su ataúd es probablemente el momento más doloroso de mi vida. Recuerdo haber dormido al lado del ataúd junto a mi hermano y sentir la angustia de mi papá, su espíritu todavía muy cerca de su cuerpo. Varias veces nos despertamos mi hermano y yo esa noche oyendo entre sueños los gritos angustiosos de mi padre. Una experiencia muy fuerte, muy dura, muy dolorosa.

A la mañana siguiente, Juan Manuel y yo preparamos el viaje del carro de la funeraria hacia Ibagué.  Fuimos igualmente a ver los restos del carro, que quedó completamente destrozado. Había sangre y vidrios por todos lados. Rescatamos lo que pudimos y salimos detrás de la carroza fúnebre, en un desfile muy trágico e irreal. Las complicaciones salieron a los pocos minutos del viaje, pues dos tracto mulas se habían estrellado en la Nariz del Diablo y no había paso hacia Ibagué. No lo podíamos creer. No se como logramos avanzar nosotros hacia Melgar en un pequeño Fiat 147, pero el carro con el ataúd quedó atrapado. Pudimos hablar desde la oficina de Telecom con alguien en Ibagué para avisar que estábamos demorados. Un rato más tarde, abrieron la carretera y seguimos el desfile. Recuerdo que llorábamos y llorábamos.

La llegada a Ibagué fue muy dolorosa. En la funeraria, situada en donde había funcionado la Discoteca El Triangulo y que hoy ya no existe, estaba medio Ibagué. Bajamos el ataúd mi hermano y yo, rodeados de muchísimos amigos. Al rato llegó mi mamá, destrozada por el dolor. En 2 días que no la veía había envejecido varios años. Era una mujer de 49 años, valiente en todas las circunstancias de la vida, pero aquella tarde estaba al borde de derrumbarse. Nos abrazamos y lloramos la irreparable pérdida que habíamos sufrido, pero que la afectaba a ella de una manera muy directa. Mis padres eran muy unidos, muy enamorados, habían pasado juntos años muy duros y estaban disfrutando de un momento de prosperidad después de 6 años terribles, entre 1973 y 1979.

El día del entierro también fue muy duro, solo compensado con la solidaridad de la ciudad entera. Ibagué se volcó a la iglesia Catedral, para darle el adiós a uno de sus médicos más queridos. Tres de sus nietos asistieron en el vientre de sus madres, pues estaban embarazadas mi esposa, mi hermana Claudia y mi cuñada Adriana. 

El cementerio, a donde habitualmente solo van los familiares, también estaba a reventar. Esa noche dormimos en la casa muchísimos miembros de las familias Niño y Ballesteros, añorando a la gran persona que fue mi padre. Han pasado ya casi 30 años y cada vez nos hace más falta.

Mayo y Junio


La Semana Santa después de la muerte de mi padre la pasamos en Ibagué, acompañando a mi mamá. Pero debimos salir todos hacia Bogotá, pues mi hermano Juan Carlos seguía hospitalizado, con problemas en su cadera y en uno de sus nervios, que le ocasionaba fuertísimos dolores. Yo pedí vacaciones en mi trabajo y volví a Ibagué, a arreglar los asuntos de mi papá. Mi sorpresa fue total cuando abrí el cajón de su escritorio en su consultorio. Allí, a primer golpe de vista, estaban ordenados sus seguros de vida, la información de todas sus cuentas, todo lo que yo necesitaba saber. Nunca supe a ciencia cierta porque lo hizo. Era muy joven para pensar en la muerte, pero pienso que la experiencia amarga de sus problemas económicos lo había llevado a ser muy organizado.

No quise celebrar de manera alguna mi cumpleaños en mayo. Rodeamos a mi mamá el día de la madre, pero sin celebración alguna. Estábamos en estado de shock en esos días. Mi hermano seguía en el Hospital Militar, con su joven esposa esperando un bebé. Finalmente, a fines de mayo regresó a Ibagué.

El Tour de Francia y los nacimientos


A comienzos del mes de julio se llenó de alegría el país con triunfos internacionales en ciclismo. El 9 de julio Luis Herrera ganó una etapa que terminaba en Avoriaz. El 10 de julio se dio el 1-2 colombiano en Lans-en-Vercors, ganando Fabio Parra, con segundo lugar de Lucho Herrera. El sábado 13 de julio Lucho Herrera ganó en Saint Étienne una etapa inolvidable, pues después de ganar el premio de montaña se cayó en la bajada y terminó bañado en sangre. El país estaba paralizado de emoción con las hazañas de los escarabajos en Francia. Lucho Herrera fue campeón de la montaña y logró el séptimo puesto en la general. Fabio Parra logró el octavo puesto en la general.



El 14 de julio de 1985 llegó una buena noticia. Nació en Ibagué mi sobrina Andrea Niño Bonilla, la linda mujer que ha sido la alegría de nuestra familia. Yo estaba en Ibagué casualmente y me tocó presenciar la paradójica situación de ver a mi hermano, experimentado médico, muerto del susto de recibir a su pequeña princesa.

Unos pocos días más tarde, el 23 de julio de 1985, nació en Bogotá mi hijo Daniel Humberto, en la Clínica del Country. El es un hombre muy especial, que nos ha llenado la vida de orgullo y alegría. Daniel Humberto heredó el humor de su abuelo, su don de gentes, su cariño hacia la familia.

La gran pena que vivimos en 1985 con la muerte de mi papá se compensó en mucho con la gran alegría de tener a Danny.

Otra tragedia


El 24 de julio de 1985, recién nacido Danny, otra tragedia llegó a nuestra familia. Estaba oyendo noticias ese miércoles al final de la tarde, cuando escuché que un avión de la FAC había caído. Preocupado, pues el esposo de mi tía Libia Ballesteros era piloto de la FAC, subí el volumen y esperé más datos. A los 5 minutos confirmaron que el piloto del avión era Walter Baer Ruíz, el esposo de Libia. Llamé inmediatamente a mi mamá, quien quedó en estado de shock. Salí inmediatamente para la casa de mi tía, que ya estaba llena de gente. Había una ligerísima esperanza de que hubiera sobrevivientes, pero la realidad era bien diferente.

Una huelga de pilotos de Avianca, que llevaba varios días, había obligado a Satena a sacar de emergencia muchos de sus aviones, para atender la crisis. Walter, que era en ese momento Subdirector de la Aeronáutica Civil, se había ofrecido a pilotear uno de ellos. En la ruta Leticia Bogotá, hacia las 16:47 uno de los motores falló y después de varios minutos, pasadas las 5 de la tarde, el avión cayó en plena selva, a 20 millas al noroccidente de Leticia. No hubo sobrevivientes.



Menos de 4 meses habían pasado desde la muerte de mi padre y otra vez teníamos una muerte trágica en la familia. El domingo 29 de julio asistimos al entierro, en la Iglesia del Cantón Norte de Bogotá. Los restos de Walter y los demás miembros del equipo rescatados de la selva, las 7 familias que lloraban su pérdida, los honores militares, las salvas de honor, hacían el ambiente muy triste.

Un día de mucho dolor, un entierro colectivo, algo que nunca quisiera repetir. Walter dejaba una viuda muy joven y unos muchachos que apenas estaban en el colegio. También nos ha hecho mucha falta en todos estos años.

Un nuevo puesto y nuevas sobrinas


A finales de julio de 1985 me ofrecieron un puesto en el Banco del Comercio, donde había hecho un curso en Banca en 1982, muy especial pues allí conocí a mi esposa. La posición que me ofrecían era muy interesante, con mucho más sueldo que el que tenía en ese momento y la acepté sin dudarlo. Mi puesto era de Asistente del Vicepresidente de Regiones y Mercadeo del banco, con lo que mi jefe era el segundo hombre de la organización. Para un muchacho de 28 años era un puesto muy interesante, donde me codeaba a diario con los ejecutivos importantes del banco. Mi oficina privada estaba en el piso de vicepresidentes y tenía acceso al comedor privado de los mandamás. Estaba encantado.

Pronto vi que el Banco del Comercio, uno de los más grandes del país, estaba pasando por un momento muy difícil. Las cifras de captación y depósitos caían a diario y yo era el encargado de transmitir las malas noticias a la organización. Los créditos tenían dificultades, las oficinas no respondían, no era una situación fácil. Mi trabajo de informar a diario malas noticias no me traía muchos amigos dentro de los vicepresidentes. Trataba de evitar ir a almorzar con ellos, sobre todo porque eran mucho mayores que yo. Iba frecuentemente con un amigo abogado a almorzar a la cafetería del Palacio de Justicia, a dos cuadras de la sede del banco.

El 23 de agosto de 1985 una buena noticia nos alegró en la familia Albornoz. Nacía Andrea Sanmiguel Albornoz, una linda niña, que hoy nos llena de orgullo con su inteligencia y su belleza.

El 23 de octubre de 1985 tuvimos buenas noticias por el lado de la familia Niño, con el nacimiento de Deborah Nessim Niño, una linda mujer, inteligente, emprendedora, magnifica miembro de familia, que nos llena de alegría y orgullo.

La tanda de 1985 quedaba completa. Santiago Rodríguez, Andrea Niño, Daniel Humberto Niño, Andrea Sanmiguel y Deborah Nessim, los treintañeros del 2015, nos alegraron inmensamente con sus nacimientos en ese duro 1985 y permitieron que pudiéramos soportar las grandes tragedias de ese año. Hoy todos son unos jóvenes brillantes, que miramos con orgullo y alegría.

El terremoto de México


El 19 de septiembre de 1985 ocurrió un fuertísimo terremoto en la ciudad de México, que sufrió grandes destrozos. Durante varios días estuvimos en vilo buscando a mi cuñada Martha Albornoz, que estudiaba allí. Finalmente la pudimos localizar, después de pasar mucha angustia. Murieron 10000 personas en el Distrito Federal.



El trágico noviembre de 1985


Noviembre comenzó con una mala noticia deportiva. El primero de noviembre Colombia venció 2-1 a Paraguay en el partido de repechaje hacia el Mundial de México 1986, pero eso no alcanzó para remontar el 3-0 que nos habían clavado en Asunción una semana antes. Colombia quedaba por fuera del Mundial que nos había asignado para organizar la FIFA y al que Belisario Betancur había renunciado a finales de 1982.

El miércoles 6 de noviembre de 1985 me encontraba trabajando en mi oficina del cuarto piso de la calle 13 con carrera octava de Bogotá. A las 11:30 de la mañana oí unos disparos, que venían del sur, hacia la plaza de Bolívar. Me asomé a la ventana, pero no vi nada extraño. Pocos minutos más tarde comenzaron a llegar rumores que algo estaba pasando en el Palacio de Justicia, situado a dos cuadras del banco.

No le di mayor importancia y salí a almorzar. Regresé hacia la una de la tarde al banco y ya la situación estaba mucho más complicada. Había grupos de manifestantes en la carrera octava, que fueron repelidos por grupos de policías anti motines, con descargas de gases lacrimógenos. El edificio del banco se llenó de gases y tuvimos que evacuar hacia la 1:30. Ya se sabía que un grupo de guerrilleros se había tomado el Palacio de Justicia, pero se desconocían sus demandas. En mi cabeza estaba el asalto al Congreso de Nicaragua en 1978, que había conducido a la caída del dictador Anastasio Somoza.

Extrañamente, esas manifestaciones que vi con mis propios ojos al inicio del asalto, que siempre he pensado formaban parte del plan de ataque del M-19, no son mencionadas por los analistas. Mi tesis es que el M-19 buscaba generar un apoyo popular con “manifestantes” que estaban bien entrenados. Igualmente siempre me ha parecido extraño que llegara rápidamente la policía a disolver esas manifestaciones, arrojando de una vez gases lacrimógenos y acabando con la posibilidad de una revuelta. Que pasó en la carrera octava? No lo sé todavía, después de casi 30 años.

Yo salí a buscar mi carro, que estaba en un parqueadero en la carrera quinta y tomé la ruta de los cerros orientales, pues ya estaba cerrado el tráfico en las vías cercanas al Palacio. Paré donde podía mirar la Plaza de Bolívar. Ya salía humo del Palacio de Justicia y se veían llegar helicópteros y tropa hacia la Plaza. En ese momento ya pensaba yo que se daría una gran tragedia. El gobierno colombiano no podía permitir que pasara lo de Nicaragua 7 años atrás. Cuando esperábamos noticias esa noche, el gobierno ordenó transmitir el partido Millonarios – Unión Magdalena, que no estaba previsto en la programación de televisión de ese día.

Regresé al día siguiente, en una de las pocas flotas intermunicipales que prestaron servicio de transporte ese día, pues los buses desaparecieron en Bogotá. Llegué como pude a la Jiménez con séptima, donde había barricadas que impedían el paso hacia el sur. Estábamos allí buscando noticias, cuando se oyeron tremendos cañonazos en el Palacio. Salimos todos corriendo. Regresé a mi casa y me puse a oír noticias, cada vez peores.



Al día siguiente, viernes 8 de noviembre de 1985, el panorama era desolador y trágico.  Un incendio había devorado la noche anterior el Palacio de Justicia y 17 magistrados estaban muertos. 42 civiles y la totalidad de los guerrilleros del M-19 también habían muerto. La magnitud de la tragedia era incalculable. Esa noche, el presidente Belisario Betancur asumió la total responsabilidad por lo sucedido, en un discurso de media hora por los tres canales de televisión que existían en ese momento. Pero todos sabíamos que la demencia del M-19 había causado el holocausto de la justicia.



Ese fin de semana permanecimos en la casa, nadie podía creer lo que había pasado. Todos pensábamos que era muy grave que había ocurrido en Colombia y que era muy difícil que algo peor nos pudiera pasar como país. El lunes 11, martes 12 y miércoles 13 todavía estaba muy restringido el paso hacia la zona del Palacio, con dificultad podíamos llegar al edificio del banco, donde trabajábamos para recuperar la normalidad.

El jueves 14 de noviembre de 1985 me levanté temprano y puse las noticias, como hacía todos los días. No entendía muy bien de que estaba dialogando Yamid Amat con un piloto, que decía algo sobre Armero. Puse cuidado y quedé estupefacto: el piloto estaba diciendo que Armero, una ciudad con 31000 habitantes, había desaparecido. Una gran mancha de lodo cubría lo que había sido hasta ese día una de las ciudades más lindas de Colombia.

Desperté a mi hermano Juan Manuel, que vivía con nosotros. “Juanma, Armero desapareció”, le dije entre sollozos. “La guerrilla?”, me dijo Juanma. “No, hermano, una erupción del Nevado del Ruíz”, le dije. Oímos las primeras noticias y no podíamos creer lo que estaba pasando en nuestro bello Tolima.



Salí de todos modos hacia el banco, donde todo era consternación. Teníamos dos oficinas en el área de desastre, Líbano y Mariquita. Todos los esfuerzos se hacían para localizar a nuestros empleados, pero las comunicaciones estaban cortadas. Hablé con mi mamá en Ibagué, quien me contó que todos los hospitales de la ciudad estaban en alerta, esperando heridos. Mi hermano Juan Carlos, apenas convaleciente, trabajó 72 horas seguidas atendiendo heridos. Temíamos por la suerte de un primo de mi esposa, José Luis Albornoz, que se encontraba en pleno centro del área de desastre, una finca cercana al Rio Lagunilla, por donde entró el flujo de lodo del volcán a la ciudad.

Esos 4 días los recuerdo con mucho dolor. Las historias que llegaban de Ibagué, las noticias en los periódicos, radio y televisión, la agonía de la niña Omaira Sánchez, la visita de Belisario, con el pelo completamente blanco después de esas dos inmensas tragedias. La aparición sano y salvo de José Luis fue una gran alegría después de las espantosas noticias. Armero representó la muerte de más de 23000 personas, en uno de los mayores desastres naturales de la historia. Familias muy cercanas a la nuestra habían perdido muchos parientes.



El epílogo


A mediados de noviembre de 1985 estábamos exhaustos. El año había sido tan duro, tan lleno de tragedias, que ya no sabíamos donde poner tanto dolor. Los niños nos alegraban, pero el país estaba destrozado. Ya queríamos que acabara ese año 1985.

A mediados de diciembre, recibí una llamada muy especial en mi oficina. “Le va a hablar el Ministro de Agricultura”, me dijeron. Roberto Mejía Caicedo, ilustre tolimense, que hacia pocos meses estaba al frente del Ministerio, me dijo que quería verme en su oficina. Sorprendido, fui al día siguiente. “Quiero que me acompañes en la Subgerencia de Comercio Exterior del IDEMA”, me dijo Roberto. “Es un puesto muy importante, vas a ganar más que el Ministro”. “Vas a estar a cargo de todas las importaciones de alimentos que lleguen al país”. Le dije que era un honor y que contara conmigo.

La Subgerencia del IDEMA, último acontecimiento que tuve en 1985, me abrió las puertas profesionales para 12 años de continuo ascenso y prosperidad. Aunque solo estuve allí 6 meses, fui llamado a un importante puesto en el Banco del Estado a mediados de 1986 e inicié una gran carrera bancaria. Pero eso es otra historia.


1985 fue el año de la muerte de mi padre y del nacimiento de mi hijo Daniel Humberto. El año de la muerte de mi tío Walter y del nacimiento de 3 de mis sobrinas. El año de Lucho Herrera y del Suramericano de Paraguay. El de las grandes tragedias del Palacio de Justicia y de Armero. El año donde inicié una gran carrera bancaria a los 28 años de edad. Han pasado casi 30 años, era hora de contar esta historia.